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Fábricas de Obviedades

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Últimamente hay casos que, más allá del hecho en sí, se convierten en espejos donde todos quieren mirarse. El reciente episodio del CEO de Astronomer cruzó la línea entre la anécdota empresarial y el fenómeno viral. Un comportamiento cuestionable y desafortunado que terminó convertido en un tsunami de memes, columnas de opinión, campañas de marketing y, cómo no, en una avalancha de análisis sobre liderazgo, cultura y reputación corporativa. Nada nuevo bajo el sol, sin embargo, lo interesante no estuvo en lo ocurrido, sino en lo que ocurrió con lo ocurrido.


Pareciera que vivimos en la era del FOMO analítico, el miedo a quedarnos fuera del comentario del momento. En tiempos donde la visibilidad compite con la profundidad, muchos ven en cada caso viral una oportunidad para reafirmar su expertise. Y el mercado… encantado. Todo puede servir para vender un curso, un webinar, una consultoría, un servicio de branding o de formación de líderes conscientes.


Ahora bien, lo curioso de este fenómeno no es que la gente opine, eso es natural y saludable, lo realmente llamativo es cómo se produce una inflación superlativa de obviedades. El oportunismo disfrazado de análisis abunda: “Lecciones de liderazgo a partir del escándalo”. “Cinco aprendizajes de reputación personal que puedes aplicar hoy”. “Cómo construir una marca a prueba de conciertos”. No es chiste, todo eso circula.


Y es que muchos no quieren analizar, quieren monetizar. Utilizan el caso como anzuelo para vender servicios, ganar visibilidad, reforzar su autoridad o simplemente participar del ruido. Se repiten ideas de sentido común como si fueran hallazgos, y se publican obviedades con tipografía y diseños atractivos con la esperanza de atrapar a algún incauto.


Lo que podría ser una reflexión sobre la fragilidad de la imagen pública o sobre la banalización del escarnio, se convierte en contenido vacío con la apariencia de profundidad. ¿Qué estamos aportando realmente al debate?


Este tipo de sobreexplotación de lo evidente no es exclusivo del mundo empresarial. Es una dinámica cultural que pareciera normalizarse. Vivimos entre titulares repetidos y frases motivacionales reempaquetadas. Reaccionamos rápido, compartimos más rápido y reflexionamos poco. La profundidad se ha vuelto un lujo. Y en ese escenario, lo importante no es tanto lo que se dice, sino no quedarse fuera de la conversación.


El episodio de Astronomer sirve como excusa perfecta para hablar de cosas que, en realidad, ya sabíamos. Y eso no está mal si se hace con honestidad intelectual. Pero muchos lo usan para subirse a una ola que no les pertenece. Algunos lo hacen para educar, otros para vender, y otros simplemente para ganar atención. Cada quien con su estrategia.


Pero hay algo más de fondo, como satisfacer esa necesidad de sentir que tenemos algo que decir. En un entorno saturado de contenido, el silencio se percibe como ausencia, y la ausencia como irrelevancia. Por eso, aunque ya todo esté dicho, muchos sienten la imperiosa necesidad de reiterarlo, reformularlo, reenviarlo con su firma, o mejor aún, con el logo de su “marca personal”.


El problema es que cuando todos opinan lo mismo con pequeñas variaciones cosméticas, el valor se diluye, y lo que era un punto de reflexión se convierte en ruido, en contenido sin contenido, en repetición que no transforma. Profesionales que creen que opinar de todo los posiciona como referentes, y lo que parecen olvidar, es que el posicionamiento no se construye por presencia sino por aporte, pues no es lo mismo estar que significar.


¿Significa esto que no debemos hablar de casos como el de Astronomer? En absoluto. Pero tal vez valdría la pena preguntarnos: ¿qué puedo aportar que realmente sume? ¿Qué ángulo no se ha explorado que vale la pena? ¿Estoy reflexionando o simplemente reaccionando? ¿Estoy ayudando a pensar o solo quiero ganar visibilidad?


Hay una diferencia sustancial entre aprovechar un caso para vender un servicio, y usarlo como oportunidad genuina para el aprendizaje colectivo. El primero es marketing. El segundo es desarrollo.


Quizás lo más contracultural hoy sea no opinar de todo. No todo requiere opinión. No todo debe ser convertido en “insight”. No todo evento viral es una excusa para un nuevo servicio o producto. El silencio reflexivo es una forma de liderazgo poco practicada. En un mundo donde todos opinan, el que piensa primero y habla después se convierte en una rareza, pero creíble. Por ello, esperar, escuchar, dejar que el caso decante, pensar con calma, y luego, si realmente tenemos algo valioso que decir, pues compartirlo. Esto puede resultar en una aproximación alternativa que obliga a reevaluar el sentido de oportunidad.


El caso de Astronomer no será el último. Seguirán apareciendo personajes públicos atrapados en sus propias contradicciones, y con cada nuevo escándalo, vendrá una avalancha de contenido reciclado.


Quizás el verdadero desafío sea resistir a esa tentación, dejar pasar el caso sin tener que usarlo como carnada. Apostar por la coherencia y no por la visibilidad, por el pensamiento profundo y no por el oportunismo “pedagógico”.

 
 
 

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